El Papa, a 12.000 parejas: «Dios multiplicará vuestro amor: ¡tiene una reserva infinita!»

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Festeja con ellos San Valentín y les aconseja bodas sobrias para que resalte lo más importante

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El Papa Francisco tras una misa en la Plaza de San Pedro.

En una fiesta de San Valentín sin precedentes, más de 12.000 parejas de prometidos, procedentes de 30 países, intercambiaron risas, canciones, bromas, preguntas y aplausos con el Papa Francisco en un emotivo encuentro en la plaza de San Pedro. Incluso la música y las canciones resultaron geniales: era una especie de adelanto de la fiesta de bodas, que todos celebrarán antes de un año, la mayoría en la primavera y verano.

Nicolás y Marie Alexia, que vivieron de Gibraltar, comentaron ante el Papa y los 25.000 novios reunidos en la plaza que han decidido casarse no sólo porque se quieren sino también porque, en el matrimonio, «las alegrías se multiplican por dos, y las penas se dividen por la mitad».

Se notaba mucho optimismo, y también ingenio, como en el caso de dos novios sicilianos. Alessandra contó que su novio, Vito, la sorprendió durante una invitación a cenar. Cuando menos se lo esperaba, el camarero apareció con un estuche en un plato… Contenía un anillo: «¡Fue una bellísima sorpresa!».

Robert, un periodista americano en Roma que conoció a su novia, precisamente visitando el nacimiento de la plaza de San Pedro hace dos años, sorprendió a Constance declarándose en una playa de Ischia. Los dos se reían al recordarlo y al contar lo difícil que había sido «hacer todos los papeles y la burocracia para casarse en Italia…pero lo hemos conseguido. ¡Nos casamos el tres de mayo!».

Miriam y Marco, de Toscana, comentaron que en su boda, el próximo mes de septiembre, podrán muchas flores, pero sólo en el altar y sus alrededores, para subrayar la presencia del invitado más importante. El Papa apostilló que «es bueno que las bodas sean sobrias, para que resalte lo que es verdaderamente importante. Vuestra alegría es la bendición del Señor sobre vuestro amor».

Francisco regaló a cada pareja una almohadilla blanca con unas pequeñas cintas en la que pueden atar los anillos de bodas hasta el día que se los pongan en el altar. En un momento del encuentro, los novios le saludaron espontáneamente agitando un pequeño mar de almohadillas blancas.

El Papa respondió a preguntas de tres parejas compartiendo experiencia de toda una vida de sacerdote muy cercano a la gente. Les prometió a las 12.000 parejas que, del mismo modo que una vez multiplico los panes, «el señor multiplicará vuestro amor y os lo dará fresco cada día: ¡tiene una reserva infinita!». En esa línea, les propuso una variación en el Padre Nuestro: «Danos hoy nuestro amor de cada día». Lo repitieron juntos por tres veces entre sonrisas, aplausos y algunas lágrimas de alegría.

Pero la principal lección fue saber prodigar las tres palabras que constituyen el secreto de la felicidad matrimonial: «¿Permites?, gracias y perdona». El Papa insistió en que «pedir permiso significa saber entrar con cortesía en la vida de los demás. La cortesía conserva el amor. Y hoy, en nuestras familias, en nuestro mundo con frecuencia violento y arrogante, hace falta mucha cortesía».

Invitó también a dar siempre las gracias, «pues es importante tener presente que la otra persona es un don de Dios, del que siempre debemos dar gracias. Una vez una anciana de Buenos Aires me dijo: la gratitud es una flor que crece en terreno noble».

Pero el Papa se extendió sobre todo en el consejo de pedir perdón, pues «cada uno de nosotros tiende a justificarse uno mismo y a acusar a los demás». En pareja, en cambio, hay que saber decir: «Perdóname que he levantado la voz. Perdóname que haya pasado sin saludarte. Perdóname por llegar tarde, porque esta semana he estado tan silencioso, por no haberte escuchado, porque estaba enfadado y te lo he hecho pagar a ti…»

Al final les hizo notar que, si bien el día de la boda es importante, «el matrimonio es un trabajo de orfebrería que se hace todos los días a lo largo de la vida. El marido hace madurar a la esposa como mujer, y la esposa hace madurar al marido como hombre. Los dos crecen en humanidad, y esta es la principal herencia que pasan a los hijos».

 

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