Entre el modelo ideal y el cambio radical

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Pedro Silverio Álvarez

«A pesar de varios años de crecimiento robusto y resultados encomiables en reducir la evasión y fraude fiscal, la deuda sigue creciendo como resultado de importantes déficits estructurales que se originan en una base impositiva limitada, una elevada carga de intereses y pérdidas históricas en el sector eléctrico. En la ausencia de reformas que amplíen aún más la base impositiva (incluida la reducción de los incentivos y exenciones fiscales), medidas que fortalezcan el sector eléctrico y que mejoren la eficiencia del gasto, la deuda continuará aumentando gradualmente en el mediano plazo .Fondo Monetario Internacional (FMI), marzo 25, 2019

A propósito de Alicia en el país de las maravillas, el discurso oficial nos vende la idea – ‘brillante’, por demás – de que vivimos bajo el mejor modelo posible; esto es, un modelo ideal que es la envidia de toda la región; y sobre esa base se monta una costosa campaña publicitaria para que los dominicanos no tengan la menor duda de que es así. Es entendible el entusiasmo con el que un ministro plantea sin rubor y de manera ‘desinteresada’ la necesidad de que las cosas sigan como están.

Y, claro, uno tiene que preguntarse si, desde el 2012 hasta la fecha, ha cambiado el modelo económico. Como el modelo, obviamente, no ha cambiado, entonces habría que concluir que desde hace mucho tiempo vivimos, sin darnos cuenta, en una realidad que es mucho mejor que la percepción que la mayoría de los dominicanos tiene de esa realidad; de manera que esto pudiera reducirse a un problema comunicacional, fácil de resolver con muchos recursos y manipulación mediática.

Sin embargo, el problema no es tan simple; primero, porque realmente no vivimos bajo un modelo ideal; y segundo, porque no hay soluciones fáciles, y los políticos son generalmente alérgicos a asumir los costos políticos de las decisiones correctas. Prefieren entretenerse con un discurso aparentemente de buenas intenciones, pero acompañado de decisiones que no pueden pasar la prueba inevitable del tiempo.

Está muy lejos de lo ideal un modelo con las características que sobresalen en el modelo dominicano; entre ellas, baja competitividad, alta informalidad, baja calidad de la educación, baja calidad en los servicios de salud, alta dependencia del endeudamiento y de las remesas, pésima calidad institucional, alta penetración del narcotráfico, altos niveles de inseguridad ciudadana, corrupción e impunidad. Es en este contexto que han ocurrido el crecimiento económico y la reducción de la pobreza, sin que se haya podido evitar que la valoración ciudadana del Gobierno haya ido cayendo sistemáticamente en los últimos años.

De acuerdo con los datos de la más reciente encuesta Gallup, en agosto de 2014 más del 90 % de los dominicanos aprobaba la gestión del presidente Medina; sin embargo, ya para febrero de 2017 dicha aprobación había caído al 62.7 %, un nivel todavía satisfactorio, pero prácticamente una reducción de un tercio en un periodo de treinta meses. Mientras que para el presente mes de mayo la aprobación ya se había situado por debajo del umbral del 50 %, lo que pudiera ser interpretado como una pérdida parcial de legitimidad del gobierno.

En contraste con la idea de que vivimos dentro del modelo ideal, la encuesta Gallup recoge opiniones mayoritarias muy diferentes y que revelan no solo el estado de inconformidad de la ciudadanía, sino también su pesimismo acerca del futuro del país. Para el 68.4 % de los dominicanos la situación económica del país es negativa, aunque este porcentaje es moderadamente inferior al 75 % que en septiembre pasado pensaban lo mismo; asimismo, la mayoría (50.3 %) respondió que su situación económica – personal – era muy mala. Consistente con estos resultados, una mayoría abrumadora (71.4 %) respondió que el país va por mal camino, pues el 71.3% considera que el crecimiento económico solo beneficia a los ricos, y solo un 11.6 % entiende que beneficia a todos los dominicanos.

Parte de la explicación de este estado negativo de las expectativas tiene que ver con los efectos redistributivos del crecimiento económico y del impacto en la calidad de vida de los dominicanos; así como de la percepción – muy fundamentada, por cierto – de que la corrupción ha alcanzado niveles sistémicos que, a su vez, generan –muy evidentemente– mayores niveles de desigualdad económica. La encuesta Gallup lo recoge muy bien: el 64.4 % de los encuestados respondió que la corrupción es mayor en este gobierno. Y si le sumamos el 25.2 % que dice que la corrupción es la misma, tendríamos que prácticamente el 90 % piensa que la corrupción es igual o mayor en la presente gestión de gobierno que en las anteriores.

Con una ciudadanía que considera, una y otra vez, que la delincuencia en general (68.3 %), la escasez de fuentes de empleo (34.7 %), el alza en el costo de la vida (32.3 %) y la corrupción administrativa (18.9 %) son los principales problemas del país, no es de extrañar que esa misma ciudadanía esté aspirando a un cambio radical que pondría en jaque a la precaria democracia dominicana. Resulta alarmante que el 77.3 % de los encuestados responda que el país necesita un cambio radical, tal vez hasta revolucionario o un gran cambio. Es decir que se está sembrando en terreno fértil la semilla del autoritarismo.

En este sentido, es también una señal de preocupación que el 65 % de los ciudadanos esté insatisfecho con el funcionamiento de la democracia en nuestro país. El control de prácticamente todos los poderes del Estado por un solo partido pudiera ser uno de los factores que mayormente expliquen esa insatisfacción. De hecho, el partido del gobierno, a pesar de tener las mayores simpatías (38.2 %) como agrupación política, el 58.4 % de los encuestados favorece que surja un gobierno de otro partido. Es un dato de mucha importancia de cara al próximo proceso electoral.

No se puede seguir ignorando la realidad y pregonando a los cuatro vientos que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Las sociedades van dando señales de sus frustraciones y aspiraciones, hasta que un día llega la sorpresa de un cambio radical y antidemocrático. Luego, solo nos quedará el muro de las lamentaciones…

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Fuente: DIARIO LIBRE

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